Ni pío


 Me crie en un edificio donde, si se oía un estrépito en la escalera, siempre había alguna vecina —generalmente eran las señoras las que estaban en casa— que se asomaba a ver si alguien se había caído o necesitaba algún tipo de ayuda.

   Cuando llovía, la primera que se daba cuenta, se asomaba a la galería que daba al patio interior a ver si había ropa tendida en los demás pisos. Si la había, gritaba: ¡Vecinas, la ropa, que llueve!

    Todas las que se asomaban agradecían el aviso, tuvieran colada o no. Se aplicaba la ley del hoy por ti y mañana por mí.

    Nadie se metía en la vida de nadie. Nadie te decía lo que tenías que hace ni cómo, pero si un día tenías el tendedero lleno de ropa negra te daban el pésame.

    Sabía perfectamente que la señora Remedios siempre tenía un par de huevos que prestarte; que la señora Carmen estaba todas las tardes en casa para abrirte las puertas y darte la merienda si, por lo que fuera, llegabas del cole y no había nadie en casa; y que, si se te caía algo por la galería, la señora Marilín lo lavaba y lo tendía en su terraza bien a la vista, para que lo vieras, lo reconocieras y pudieras pasar a recogerlo.

    Era poco menos que imposible subir cargada si te encontrabas con algún vecino por la escalera. Daba igual si subía o bajaba, siempre se podían perder 5 minutos en ayudarte a subir el peso.

     Estando embaraza de Hijo, a punto de cenar en casa de mis suegros, Suegra, desde el quinto piso, se asomó por la galería del deslunado y gritó: ¡Amparo, ¿tienes una lata de sardinas?, que esta noche tenemos antojo!

      La señora Amparo, desde el primero, contestó: Ahora mismo te la subo.

      Cuando me compré el piso en el que vivo, el primer día que llovió y salí corriendo a recoger mi ropa tendida grité —como hecho incontestable grabado en mi ADN—: ¡la ropa, que llueve! —Omití el detalle de llamar solo a las vecinas porque eran otros tiempos, otra generación de vecinos, los señores ya tendían la ropa y las señoras ya trabajaban fuera de casa—.

    Unas manos se asomaron por una de las ventanas de las galerías de mi patio interior, recogieron la ropa y cerraron. Ni levantar la mirada, ni asomar la cabeza, ni pío.

      La segunda vez que llovió, cuando salí a recoger mi colada, ya había varios pares de manos recogiendo sendas coladas. Ni pío.

Foto cortesía de tenor.com


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